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Una vez escuché a Jorge Bucay leyendo éste cuento por la radio. Su voz cálida y persuasiva resonó mucho tiempo entre mis recuerdos, marcando un referente para ordenar mis emociones.  Ahora quiero convertirlo en imágenes,  traduciendo a colores, luces y sombras lo que sólo ha sido un pensamiento durante mucho tiempo.

Este proyecto también quedará abierto.  La búsqueda de luces que aclaren mi camino es una forma de vida en la que me encuentro cómoda. Por eso aquí  irán cambiando las fotos  a medida que lleguen otras con  nuevos significados para mi. Porque nunca se acaba de apender.

A veces estar triste o estar enfadada es la misma cuestión:  confundir los colores, las luces y las sombras

Érase una vez un bosque encantado en el que sólo habitaban las emociones. En una pradera rodeada por árboles centenarios había un pequeño lago, que el sol templaba a medio día con sus reflejos dorados.
Era el lugar de encuentro favorito para las emociones.

Las emociones positivas agitaban las aguas con sus juegos alegres, salpicando con risas y canciones a las emociones negativas, que a su vez llenaban el lago con lágrimas, suspiros y reproches.
Un día, en la orilla del lago coincidieron para tomar un baño dos de aquellas emociones: la tristeza y la ira. Dejaron sus ropajes sobre la hierba y desnudas, entraron juntas lentamente dejando que el agua las cubriese.

De pronto la ira sintió uno de sus ataques de angustia. Y deprisa, atolondrada, alocada como cada vez que estalla, decidió terminar su baño y salir corriendo hacia ninguna parte.
Ofuscada y distraida como es ella, con las prisas que siempre la aturden, cogió del suelo las primeras ropas que encontró,
sin pararse a mirar. Y enfadada, se vistió.

En medio de su confusión, no se dió cuenta de que iba vestida de risteza.
Más tarde, cuando el sol ya dejaba entrar la noche, la tristeza decidió perezosa salir del lago lentamente. Sin prisa, porque la tristeza suele quedarse quieta, sin contar el tiempo, buscó su ropa y comprobó que ya no estaba.
Indiferente, no le importó vestirse de cualquier manera con las únicas ropas que encontró, las de la ira.

Cuenta la leyenda de aquél bosque que desde entonces andan las dos, ira y tristeza, contagiando a la gente con su confusión.
Algunas personas creen estar invadidas por la ira, enfadadas, furiosas, cuando caen en la cuenta de que sus gritos son fruto de la tristeza que se esconde bajo el disfraz de la ira.
Y al contrario, hay muchas lágrimas y suspiros que son el fruto de la desesperación, la ira o la falta de perdón.”

Buscar los colores, para encontrar las emociones

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