Casi ocho años guardadas, porque para qué las voy a mostrar! Los buenos recuerdos que nos dejará el Covid19 serán los rescatados del olvido. Cuando hice éstas fotos pensaba que sólo servirían para mi, para remirarlas cuando fuera más vieja y, sin poder salir de casa, tuviera que conformarme con recordar. Entonces ya me apasionaba disparar. Disparaba casi sin mirar con la avaricia de quien teme perder su mejor tesoro,  la luz.

Hacía fotos para guardar momentos. No importaba la técnica, ni la estética, ni la calidad. Sin trípode, ni filtros, a cámara pelada, con una humilde compacta Lumix de Panasonic, así salía de viaje a disfrutar de la luz en la Naturaleza.

Una de las mejores luces que he vivido fue ésta, la del sol de media noche en las islas Lofoten, durante un solsticio de verano. Los colores destacan en la penumbra con un brillo extraño. Incluso el silencio de la noche se tiñe de amarillo, creando una atmósfera densa y cálida a pesar del viento frío del norte.  Estas fotos fueron tomadas entre las diez de la noche y las cuatro de la madrugada.

Ahora, desde el encierro forzoso en el que todo se percibe oscuro, sí que me apetece compartirlas.

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